Apología de Sócrates

Platón

«No sé, atenienses, la sensación que habéis experimentado por las palabras de mis acusadores. Ciertamente, bajo su efecto, incluso yo mismo he estado a punto de no reconocerme; tan persuasivamente hablaban. Sin embargo, por así decirlo, no han dicho nada verdadero.»

 

La obra

Siempre la APOLOGÍA ha tenido una atracción irresistible y en todo momento nos ha dejado insatisfechos. Lo primero porque es bello contemplar la integridad moral hecha carne y espíritu, sin concesiones de ningún género ante el juego terrible de la vida o la muerte; lo segundo porque sabemos de antemano que no alcanzó el objetivo de que fuera declarado inocente y nos da la impresión, penosa, de que no quiso a pesar de que pudo.

Sócrates, que había hecho quedar en ridículo a los hombres tenidos por más sabios, que había confundido siempre que se lo propuso a los poderosos, mostrándoles su inconsistencia, cuya vida cívica era impecable, espejo tanto para el aristócrata como el plebeyo, que tenía una capacidad de convencimiento como nadie ha poseído jamás y amaba su ciudad por encima de todo, ¿no habría conseguido, de haberlo querido, hacer añicos las acusaciones de manera indubitable e inclinar a su favor el parecer de los jueces?

Ahora bien, ¿por qué no quiso? ¿Contesta la Apología ese interrogante?

La Apología tiene tres partes bien definidas: la primera en la que se defiende a su modo confesando que tiene una misión divina que cumplir, la de predicar la verdad para hacer mejores a los hombres aun a sabiendas de que esa actitud había de acarrearle numerosos enemigos; su desprecio hacia ellos es evidente y con razonamiento frío, se dedica a confundirlos cuando lo que se trataba de demostrar no era que Meleto, Ánito y Licón estaban equivocados sino de que él tenía la razón. No lleva su condescendencia a ese extremo; hay que creerle por su palabra y estima que eso basta cuando de nuevo, era menester usar un método directo en vez del indirecto y hablar más al sentimiento que a la inteligencia.

En la segunda, considerado culpable, le corresponde proponer la pena que le debe ser aplicada; ofende entonces a los jueces —y la ofensa fue decisiva— considerándose no ya merecedor de pena sino de premio. No le detiene el absurdo de que el reo convicto sea conducido al Pritaneo para ser alimentado y vestido a cargo de la ciudad, privilegio de los elegidos, absurdo que forzosamente había de ocasionar la reacción contraria.

Pero en la tercera, ya condenado a muerte, deslizó en el alma de los que le escuchaban y en la de las generaciones futuras, el más grande de los problemas, ese futuro oculto e incierto para descifrar el cual es menester pasar por la puerta de la muerte. «Ha llegado el momento —dice— de marcharnos; yo para morir, vosotros para vivir. Quien de nosotros va hacia un destino mejor es algo que queda oscuro para todos, excepto para el dios». ¿Contestan esas palabras a la pregunta de por qué no quiso? Porque ¿cuál de los filósofos que en todo el mundo han sido, no pagaría el mismo precio si tuviera la absoluta certeza de que le sería desvelado el gran misterio?

 

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