El festín de Babette

Autor: Isak Dinesen

«En Noruega hay un fiordo —o brazo de mar largo y estrecho entre altas montañas— llamado de Berlevaag. Al pie de las montañas, el pequeño pueblecito de Berlevaag parece de juguete, una construcción de pequeños tacos de madera pintados de gris, amarillo, rosa y muchos otros colores.»

 

La autora

Isak Dinesen fue calificada por Truman Capote como una «seductora por conversación». Lo que se constata leyendo sus relatos es que se trata de una seductora por narración. Hay algo en su manera de contar que la hace única; tanto da si lo hace al modo clásico del estilo alto como si se adentra en lo gótico o en lo maravilloso. La baronesa Karen Blixen nació en Dinamarca, se casó con un primo con el que se trasladó a una plantación en Sudáfrica, donde encontró los dos alicientes de su vida: al cazador Denys Finch-Hatton y la propia África, como cuenta en su hermosísimo y mundialmente célebre libro Memorias de África (llevado al cine) y en Sombras en la hierba. Al cine han pasado también dos piezas suyas convertidas en obras maestras del séptimo arte: Una historia inmortal, de Orson Welles, y El festín de Babette, de Gabriel Axel…

En 1931, la muerte de su Finch-Hatton en accidente aéreo y el fin de su plantación de café debida a la caída del mercado la obligan a regresar a su casa natal en Dinamarca. Allí empezaría su aventura literaria, casi con cincuenta años de edad. Su primer libro fue Siete cuentos góticos, varias veces rechazado hasta que logra publicarlo en 1934. A partir de ahí, la celebridad y el elogio unánime de todos sus contemporáneos. (JOSÉ MARÍA GUELBENZU, ‘El País’, 22 MAY 2010)

 

La obra

El relato de Dinesen se desarrolla en una aldea de la costa noruega donde dos hermanas, hijas de un riguroso pastor protestante, acogen a una refugiada francesa que huye de la represión de 1871. Durante años, Babette sirve a estas hermanas, que se han consagrado a la soltería y al puritanismo en memoria de su padre fallecido. La historia cambia radicalmente cuando a la protagonista le toca la lotería y decide invitar a la comunidad a una cena para degustar los manjares de la cocina francesa… El sencillo y pausado relato sirve a la escritora para contraponer dos formas de espiritualidad y para reflexionar sobre el sentido del sacrificio y del placer mundano. Al principio, el banquete es visto con desconfianza por los miembros de la claustrofóbica comunidad, e incluso les llega a escandalizar. Babette empeña en la iniciativa no sólo su arte culinario sino también su fortuna. El festín lleva a los doce comensales, número con reminiscencias cristianas, a una especie de catarsis en la que se diluyen las rencillas y trascienden las frustraciones. El exuberante desfile de vinos y manjares provocará en los asistentes una reconciliación desde la que se celebrará, por encima de cualquier otra cosa, lo fugaz y efímero de la vida.

La película

¿Dónde reside la espiritualidad? ¿En el comportamiento, en el estado natural de nuestra mente, en el ánimo, en el corazón, en el alma, si es que esta existe? ¿Y cuál es el camino hacia esa espiritualidad? ¿La religión, el estilo de vida, quizá la búsqueda constante de la belleza a través del arte? No son pocas las teorías (filosóficas, religiosas, artísticas…) alrededor de tan peliaguda cuestión, pero allá por el año 1987, y a través de una obra artística, de una película, Gabriel Axel, basándose en una novela de Isak Dinesen (también llamada Karen Blixen, ya saben, el personaje de Meryl Streep en Memorias de África), llegó a la conclusión de que la espiritualidad puede residir en el sentido del gusto, en la excelencia de una buena comida compartida en grata comunión. El festín de Babette se convirtió así no sólo en una de las mejores películas de aquel año, sino también en un aspirante instantáneo a formar parte de algo que se puso de moda poco después, a partir del éxito popular de Como agua para chocolate: el cine culinario. (JAVIER OCAÑA. ‘El País’, Madrid 16 NOV 2012)

 

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