El perseguidor

Autor: Julio Cortázar

«Dédée me ha llamado por la tarde diciéndome que Johnny no estaba bien, y he ido en seguida al hotel. Desde hace unos días Johnny y Dédée viven en un hotel de la rue Lagrange, en una pieza del cuarto piso. Me ha bastado ver la puerta de la pieza para darme cuenta de que Johnny está en la peor de las miserias; la ventana da a un patio casi negro, y a la una de la tarde hay que tener la luz encendida si se quiere leer el diario o verse la cara. No hace frío, pero he encontrado a Johnny envuelto en una frazada, encajado en un roñoso sillón que larga por todos lados pedazos de estopa amarillenta. Dédée está envejecida, y el vestido rojo le queda muy mal; es un vestido para el trabajo, para las luces de la escena; en esa pieza del hotel se convierte en una especie de coágulo repugnante.»

La obra

«”El perseguidor” es la pequeña Rayuela. En principio están ya contenidos allí los problemas de Rayuela. El problema de un hombre que descubre de golpe, Johnny en un caso y Oliveira en el otro, que una fatalidad biológica lo ha hecho nacer y lo ha metido en un mundo que él no acepta, Johnny por sus motivos y Oliveira por motivos más intelectuales, más elaborados, más metafísicos. Pero se parecen mucho en esencia. Johnny y Oliveira son dos individuos que cuestionan, que ponen en crisis, que niegan lo que la gran mayoría acepta por una especie de fatalidad histórica y social. Entran en el juego, viven su vida, nacen, viven y mueren. Ellos dos no están de acuerdo y los dos tienen un destino trágico porque están en contra…

“El perseguidor” es un cuento que ha sido escrito casi por un milagro, porque lo más lógico hubiera sido que se perdiera para siempre. Te cuento realmente la historia. En París cuando leí la noticia de la muerte de Charlie Parker, encontré que allí estaba ese personaje que yo estaba buscando vagamente. Había pensado en un pintor, había pensado en un escritor, pero no me convenían porque yo quería que el personaje del perseguidor fuese un hombre de una inteligencia muy limitada, un poco como Oliveira también, es decir, un hombre mediano, incluso mediocre, pero en el fondo no mediocre, porque él tiene una especie de grandeza personal, de genio personal. Pero no quería un personaje intelectual porque entonces es muy fácil. Un personaje intelectual en seguida empieza a pensar de manera muy brillante como los personajes de Thomas Mann. Yo no quería hacer lo de La montaña mágica. Y no encontraba el personaje. Cuando murió Charlie Parker, yo me di cuenta, conociendo muchos aspectos de su vida, que ése era mi personaje, un hombre de mentalidad limitada pero con una especie de genio para algo, en este caso la música. Lo que yo inventé fue que además él tiene una especie de genio de búsqueda metafísica. Bueno, todo esto para explicarte como empezó la cosa. Entonces yo me senté a la máquina y escribí toda la parte que comienza una noche cuando Bruno va al hotel y hay todo ese largo diálogo y luego finalmente Bruno se va. Llegué hasta allí y me quedé totalmente bloqueado. No sabía qué hacer. Entonces esas quince o veinte páginas quedaron metidas en un cajón y pasaron varios meses. Yo me fui a trabajar a Ginebra, a las Naciones Unidas, y entre los papeles que llevé iban esos pero yo no sabía, estaban mezclados. Y en una pensión, yo estaba solo en Ginebra; en una pensión, un domingo, me aburría, empecé a mirar papeles y de golpe encontré eso. Y dije “pero caray esto ¿qué es?” Entonces releí las quince o veinte páginas de un tirón y me senté a la máquina y en dos días lo terminé. Pero esas páginas podía yo haberlas perdido. Lo más probable fuera que las hubiera tirado o perdido.» (Julio Cortázar, en Evelyn Picon Garfield. “Cortázar por Cortázar”. Ed. Universidad Veracruzana, 1978).

OP: Onetti me dijo que había sido uno de los primeros lectores de El perseguidor y que de inmediato te escribió una carta —él, que suele escribir muy pocas cartas— declarándote su total entusiasmo.

JC: Onetti hizo mucho más que eso. Esto que te voy a contar lo supe por Dolly Muhr (Dorotea Muhr, la mujer de Onetti). Onetti leyó El perseguidor, se fue al cuarto de baño de su casa y rompió el espejo de un puñetazo.

OP: Exactamente. Onetti nos contó eso un día a mi mujer y a mí, allá en Montevideo. Fue esa secuencia —vos empezás esa parte del cuento abriéndola con esa sola palabra, «secuencias»— de la muerte de Bee, la hija mayor de Johnny y Lan.

JC: Nadie ha tenido una reacción que me pueda conmover más. (Omar Prego, “Las fascinación de las palabras. Conversaciones con Julio Cortázar”, Muchnick Editores, 1985)

Algunas opiniones

En realidad, este cuento es una reflexión sobre la esencia misma del arte. Johnny es un artista en lucha contra las limitaciones que su propio arte le impone. Lo que toca en un momento dado cree haberlo tocado mañana; en un minuto y medio puede imaginar cosas que transcurren en un cuarto de hora; más allá y más acá de las coordenadas convencionales, ha intuido la existencia de una nueva dimensión de lo temporal. El arte, en consecuencia, para él, no es más que un medio para la fundación de una nueva realidad donde ese tiempo suyo encuentre no explicación sino simplemente existencia…

En efecto, su tema central consiste en la interrogación sobre cómo hacer música destruyendo la música, o tal cual el tema reaparecerá más tarde en Rayuela, cómo hacer literatura destruyendo las palabras. Cómo sustraer el arte —y el hombre— de las babas del diablo, de esa impenetrable maraña de convenciones que ha llegado casi a identificarse con la esencia del hombre y del arte, a convertirse en una especie de segunda naturaleza. (Juan Carlos Curutchet, “Julio Cortázar o la crítica de la razón pragmática”. Ed. Nacional, 1972).

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