El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde

Autor: R. L. Stevenson 

<<Mr. Utterson, el abogado, era hombre de semblante adusto jamás iluminado por una sonrisa, frío, parco y reservado en la conversación, torpe en la expresión del sentimiento, enjuto, largo, seco y melancólico, y, sin embargo, despertaba afecto. En las reuniones de amigos y cuando el vino era de su agrado, sus ojos irradiaban un algo eminentemente humano que no llegaba a reflejarse en sus palabras pero que hablaba, no sólo a través de los símbolos mudos de la expresión de su rostro en la sobremesa, sino también, más alto y con mayor frecuencia, a través de sus acciones de cada día.>>

La obra

Con «El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde» (1886), obra maestra de la literatura de terror, R. L. Stevenson volvió a ocuparse de un tema que le preocupó durante toda su corta vida: la dualidad de la naturaleza humana. Todo empezó con un sueño: «Lo que soñé sobre el doctor Jekyll —confesó el autor al New York Herald— fue que un hombre se ve obligado a entrar en un armario e ingiere una droga que lo transforma en otro ser. Me desperté y comprendí inmediatamente que había encontrado el eslabón perdido que andaba buscando desde hacía mucho tiempo, y antes de irme a la cama tenía muy claro casi todos los detalles de la trama».

Localizada en el corazón de un Londres victoriano, la novela viene a ser una sucesión de testimonios procedentes de varios testigos cuyo presunto fin es desvelar un misterio. Jekyll y Hyde como una entidad disociada en dos. Hyde es la personalidad demoníaca, monstruosa de Jekyll, al que horrorizan las acciones de su doble maligno, y simboliza el mal que Jekyll se reprime a sí mismo, el cual, una vez liberado no puede controlar.

Algunas opiniones

La novela no es una simple alegoría acerca del bien y el mal que todos llevamos dentro, como a menudo se ha malinterpretado, sino un sofisticado estudio psicológico de las terribles consecuencias de reducir cualquier comportamiento a esos niveles tan simples. Representa asimismo la ruptura del ego estable en la ficción victoriana tardía y una fascinación por la irracionalidad que prefigura la obra de Conrad, Joyce o Virginia Woolf. Sin embargo, como acertadamente ha señalado Nabokov, el encanto y la grandeza de Stevenson radican no tanto en los temas elegidos como en el lenguaje empleado, en su «magnífico estilo» y en «el delicioso sabor a vino que recorre todo el texto».
Juan Antonio Molina Foix

El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde (1886), de Robert Louis Stevenson, es una de esas obras maestras que nunca terminan de dar lo que llevan dentro. Leída de nuevo esta historia inmortal, me sigue sorprendiendo su sencillez y su carga terrorífica, su inteligente desvelamiento progresivo de las claves del enigma, su modernísima habilidad para involucrar al lector, a través de varios narradores, en la tarea de desciframiento. En el substrato está la fijación de la literatura gótica tardovictoriana (como ocurre en el Drácula de Stoker, 1897) por la degeneración, la deformidad, la transgresión de las barreras naturales: nada en esta tenebrosa novela recuerda la cegadora luminosidad de La isla del tesoro (1883). Stevenson la escribió en estado febril (algunos biógrafos afirman que con ayuda de cocaína) en muy pocos días, obsesionado por narrar una historia de contenido filosófico que llegara al gran público. Y vaya si lo logró: su enorme recepción popular (la academia tardó mucho en incluirla en su canon) se prolongó repetidas veces en el cine de la primera mitad del siglo XX, donde su criatura escindida (“fue en el terreno moral y en mi propia persona donde aprendí a reconocer la verdadera y primitiva dualidad humana”, explica Jekyll en su confesión) fue encarnada magistralmente por actores como Frederick March (Rouben Mamoulian, 1931) o Spencer Tracy (Victor Fleming, 1941), mis dos Jekyll-Hyde de celuloide favoritos.
BABELIA, Manuel Rodríguez Rivero, 31 enero 2015

Capítulo 1:


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