Habla, memoria

Autor: Vladimir Nabokov

(Capítulo Duodécimo)

«Cuando conocí a Tamara —por darle un nombre que concuerde con su nombre real— ella tenía quince años, y yo uno más. El lugar era la accidentada pero bonita región (negros abetos, blancos abedules, turberas, henares y baldíos) que se encuentra justo al sur de San Petersburgo. Una guerra lejana continuaba acercándose poco a poco.»

 

La obra

Vladimir Nabokov no podía escribir una autobiografía corriente, y Habla, memoria lo demuestra. A través de una serie de relatos largos, Nabokov, con el pretexto de contar su vida, construye un libro tan ameno, original, divertido y estilizado como sus novelas.

Nabokov rememora aquí sus meditaciones infantiles en el retrete, sus vacaciones en la finca campestre de la familia, sus amoríos adolescentes con Tamara en los museos de San Petersburgo; narra las peripecias de su huida de las huestes de Lenin y de su exilio europeo; escribe un homenaje a la honestidad política de su padre y a la belleza y ternura de su madre; pero lo que menos importa son los temas, porque de lo que se trata al fin y al cabo es de celebrar un festín de ingenio e inteligencia, de mordacidad despiadada y de nostalgia desgarradora, y en el que Nabokov es fiel a los consejos que daba a sus estudiantes de literatura: «¡Acariciad los detalles! ¡Los divinos detalles!»

…resulta, pues, una excelente introducción a Nabokov, una antología, un conjunto de pistas y claves que permitirán hacer una lectura más intensa y profunda de sus novelas. Y es, también, un elogio de sus grandes pasiones: la literatura, las mariposas, el ajedrez y, ¡oh sorpresa!, la familia.

 

El propio autor

«Mashenka fue mi primera novela. Comencé a trabajar en ella en Berlín, poco después de haber contraído matrimonio, en la primavera de 1925… La reconocida tendencia de todo principiante a revelar su intimidad por el medio de presentarse a sí mismo en la obra literaria, o de presentar a un representante suyo, no se debe tanto al atractivo que en él pueda ejercer un tema ya estructurado como al alivio que experimenta al liberarse de sí mismo, antes de emprender mayores empresas. Esta es una de las poquísimas normas generalmente aceptadas a las que me he plegado. Los lectores de mi obra Speak, Memory, comenzada en los años cuarenta, advertirán ciertas semejanzas entre mis recuerdos y los de Ganin. Su Mashenka es hermana melliza de mi Tamara, en ambas obras están los ancestrales caminos, el Oredezh discurre en ambos libros, y la fotografía real de la casa de Rozhestveno, tal como es en la actualidad, podría muy bien ser la foto del porche con columnas del “Voskresensk” de la novela. No consulté Mashenka al escribir el capítulo doce de la autobiografía, un cuarto de siglo después, pero ahora lo he hecho y me ha fascinado el que, a pesar de las invenciones superpuestas (como la pelea con el bruto del pueblo, o la cita en el pueblo anónimo, entre las luciérnagas), en el relato novelado hay un más denso contenido de realidad personal que en el escrupulosamente fiel testimonio autobiográfico. Al principio me pregunté cómo podía ser esto posible, cómo era posible que la sensación y el aroma reales hubieran superado las exigencias de la trama y de la rotundidad de los personajes ficticios (dos de ellos incluso aparecen, muy desdibujados, en las cartas de Mashenka), máxime si tenemos en cuenta que me resultaba inverosímil que la imitación estilizada pudiera ser compatible con la verdad pura y simple. Pero la explicación de lo anterior es, en realidad, muy sencilla: siguiendo el criterio cronológico de los años, Ganin estaba tres veces más cerca de su pasado de lo que yo lo estaba en Speak, Memory.» (Vladimir Nabokov)

 

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