Las inquietudes de Shanti Andía

Pío Baroja

«Las condiciones en que se desliza la vida actual hacen a la mayoría de la gente opaca y sin interés. Hoy, a casi nadie le ocurre algo digno de ser contado. La generalidad de los hombres nadamos en el océano de la vulgaridad. Ni nuestros amores, ni nuestras aventuras, ni nuestros pensamientos tienen bastante interés para ser comunicados a los demás, a no ser que se exageren y se transformen. La sociedad va uniformando la vida, las ideas, las aspiraciones de todos.»

 

La obra

«Las inquietudes de Shanti Andía, de 1911, es la novela de una de las fascinaciones o entusiasmos barojianos: el mar y los marinos. «El haber nacido junto al mar me gusta; me ha parecido siempre como un augurio de libertad y de cambio», dirá al comienzo de sus memorias. Baroja, en varios pasajes de esta novela, echa en falta el mar, de manera expresa y con una épica agónica, el mar de antaño, el mar de la aventura, el mar de los veleros y de los capitanes de altura, el de las carreras de ultramar, a cuyas postrimerías asistió de niño cuando vivía en San Sebastián y desde una casa familiar veía los aparejos de los veleros, los barcos atracados en el puerto y por el muelle paseaban gentes que habían vivido aquella vida…

Es una novela que contradice la afirmación demasiado ligera de que en España no hay novela del mar, y a la abusiva acusación de que Baroja carece de personajes, responde contundentemente con la puesta en escena de personajes estupendos, cabalmente construidos, como el capitán Juan de Aguirre, tío del protagonista, cuyos lances en los pontones ingleses son memorables, y padre del atrabiliario Martín, o como los personajes femeninos, descritos con precisión y destreza, entre la admiración o la piedad, como Quenoveva, Mary o la Shele, verdaderos tipos del país, con esa barojiana simpatía hacia los débiles y los perdedores, la gente que de la suerte sabe por los golpes inexorables de su rueda. Y para colmo está escrita con mimo, Baroja utiliza con precisión un léxico que a los legos en la materia les resulta cuando menos extraño y que exige en el escritor si no conocimientos náuticos exactos, sí un mínimo de cuidado y de esfuerzo informativo, por respeto al lector y por aquel prurito ejemplar, muy barojiano, de no escribir una cosa por otra. Baroja, papel en mano, estuvo en el Mar y llegó lejos; y sus lectores con él.» (Miguel Sánchez-Ostiz)

 

El autor

«…Fui amigo de Baroja, aunque algunas veces le discutí. Sus ideas eran elementales y sumarias, su naturaleza mas bien bronca; cuando atacaba se tiraba entero como un ariete, pero era honrado, independiente, sobrio, sincero hasta la impertinencia; poseía como pocos el genio para meterse por esos callejones sin salida, por esas exploraciones por vidas ajenas que son a la vez latentes vidas propias; por esos sueños despiertos de la novela. Raras veces me he sentido más transportado, más engañado por un relato novelesco que en los libros de Pío Baroja, por algo será. Su estilo, no hagamos caso de repulgos, es de una desnudez ejemplar y así sucede que se adelanta a muchos tanto en España como fuera de España; su psicología, atajos secos y duros, certera como el hachazo del aizcolari de su tierra. Cabalgando su lectura se va deprisa y se va en suspenso, como acarreado por el río de la vida. España respira por todas sus palabras como un vaho de animal humano; no puede quererse a España si querer a Baroja, y yo quiero a España.» (Alfonso Reyes, México, 1956)

 

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