Moby Dick

Autor: Herman Melville

«Llamadme Ismael. Hace unos años —no importa cuánto hace exactamente—, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación

 

La obra

«Cada sociedad se siente reflejada en algún relato que, de forma misteriosa, contiene el código de las pulsiones colectivas. Estados Unidos rinde culto a una extraña historia de terror, obsesión, pureza, venganza y catarsis escrita por Herman Melville en 1851: Moby Dick» (Enric González, 2-mayo-2011, El País)

 

«En el centro de ciertas novelas capitales hay un punto ciego; es decir: un punto a través del cual, en teoría, no se ve nada. Ahora bien, es precisamente a través de ese punto ciego a través del cual, en la práctica, ve la novela; es precisamente a través de esa oscuridad a través de la cual la novela ilumina; es precisamente a través de ese silencio a través del cual la novela se torna elocuente. Esta paradoja es esencial a la novela, o al menos a la novela moderna o a cierto tipo de novela moderna…

Tomemos Moby Dick. ¿Quién es Moby Dick? ¿Qué es la ballena blanca? ¿Por qué está obsesionado Ahab con ella? ¿Por qué la persigue de forma obsesiva? ¿Es para él el bien? ¿Es el mal? ¿Es Dios? ¿Es el Diablo? No lo sabemos, o no lo sabemos con precisión y sin equívocos ni ambigüedad (Moby Dick es a la vez el bien y el mal, Dios y el Diablo): lo que sí sabemos es que todo lo que tiene que decirnos Melville en su novela nos lo dice a través de ese no saber, a través de ese interrogante, a través de ese punto ciego…

…lo importante es que tales novelas consisten en el intento de responder a esa pregunta múltiple y que, sea cual sea ella, al final la respuesta es siempre la misma: la respuesta es que no hay respuesta, es decir, la respuesta es la propia búsqueda de una respuesta, la propia pregunta, el propio libro. O dicho de otro modo: al final no hay una respuesta clara, unívoca, taxativa; sólo una respuesta ambigua, equívoca, contradictoria, esencialmente irónica, que ni siquiera parece una respuesta.

Esas son sin embargo, a mi juicio, las únicas respuestas que están autorizadas a dar las novelas. La novela no es el género de las respuestas, sino el de las preguntas: escribir una novela consiste en plantearse una pregunta compleja para formularla de la manera más compleja posible, no para contestarla; consiste en sumergirse en un enigma para volverlo irresoluble, no para descifrarlo. Ese enigma es el punto ciego, y todo lo que tienen que decir muchas grandes novelas (y relatos) lo dicen a través de él: a través de ese silencio pletórico de significado, de esa ceguera visionaria, de esa oscuridad radiante, de esa ambigüedad sin solución. Ese punto ciego es lo que somos.» (Javier Cercas. ‘El punto ciego’, El País, 23-nov-2014)

 

«En definitiva, a la hora de la verdad, esto es, a la hora de la lectura, más vale que el lector no dé mucha importancia a las interpretaciones morales y conceptuales que le hayan ofrecido previamente, porque podrían destemplarle por adelantado el oído, interfiriendo con el placer de dejarse llevar por la voz del autor en estas larguísimas «variaciones Goldberg» sobre tema ballenero; voz sugestiva sobre todo por su tono y fantasía. Parece, en efecto, que Melville desarrollara su fábula medio aturdido, arrastrado por su visión y embriagado por su palabra, envolviendo lo que cuenta o expone en ditirambos líricos y en ocurrencias medio humorísticas —el aspecto cómico e irónico no suele ser muy atendido por los comentaristas de esta obra…

Pero los momentos de persecución y arponeo, aun con todo el patetismo del estilo —sobre todo, en las palabras de los personajes—, tiene energía de reportaje directo: incluso la apoteosis final, en tres días de acoso a la ballena maldita, resulta viva, testimonial…

El lector, sin duda algo aturdido por su larga navegación, se encuentra abrumado en el trágico final: más adelante, cuando vuelva a abrir Moby Dick, por el comienzo o no, aunque ya sepa todo el desarrollo, no dejará de sentirse de nuevo arrastrado por la voz de Melville a navegar de nuevo, páginas y páginas. Es eso, en definitiva, lo que hace que algunas raras obras sean verdaderamente «clásicas», esto es, inolvidables y siempre nuevas.» (José María Valverde, traductor de Moby Dick en la edición publicada por Austral)

 

«Desde su ventana no veía el mar. Pero podía oírlo en su cabeza. Las olas no habían dejado de batir. Le acompañaba aquel rugido y la sensación de que la tinta resbalaba sucia sobre los papeles como un día lo había hecho su cuerpo sobre la cubierta del Acushnet. Arrastrado por la galerna. Golpeado por las palabras. Herman Melville se ha vuelto loco, pero no lo sabe todavía. Se ha entregado a un libro que lo pide todo. Un libro que le obsesiona hasta el desvarío. Navega a barlovento desde la buhardilla de esa granja a la que ha bautizado con nombre de barco, Arrowhead. «Mi habitación parece un camarote y por las noches, cuando me despierto y oigo cómo chilla el viento, casi se me antoja que la casa tiene demasiada vela y que debiera subirme al tejado y aparejar la chimenea». Aunque hace semanas que ya no duerme. Ni tiene ojos para otra cosa que no sean sus propios párrafos. Su historia. Su Leviatán: Moby Dick.»  (Marta Fernández, ’Melville o la maldición de Ahab’, Jot Down Nº 17)

 

Adaptaciones cinematográficas

Aunque son varias las adaptaciones tanto cinematográficas como teatrales de la novela de Melville, la película más recordada y que mejor refleja el espíritu del libro fue la dirigida en 1956 por John Huston, con un magistral Gregory Peck en el papel del capitán Ahab y con guión del escritor estadounidense Ray Bradbury.

 

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