Quiero saber por qué

Autor: Sherwood Anderson

«Aquel primer día en el este nos levantamos a las cuatro de la mañana. La tarde anterior habíamos saltado de un tren de mercancías a las afueras de la ciudad, y con ese instinto propio de los chicos de Kentucky habíamos recorrido las calles y encontrado enseguida el hipódromo y los establos. Eso nos tranquilizó del todo. Hanley Turner se encontró de inmediato con un negro al que conocíamos…»

 

La obra

Este cuento narra la pasión de un adolescente por los caballos, quien ya adulto repasa un hecho de aquel tiempo que le conmovió sin que aún sepa por qué. Escapado de casa para asistir al derbi de Kentucky, se enamora de un caballo y de su entrenador. El caballo está adornado de todas las glorias de la naturaleza, y éstas pasan en forma de resplandor al hombre que lo entrena. Tras una gran victoria, el muchacho no puede evitar seguir a este tipo, como si la euforia y también una alegría íntima le impidieran todavía desprenderse de esa presencia. El hombre entra en un tugurio y, por la ventana, el chaval ve que se está besando con una prostituta rijosa, mal pintada, desdentada, procaz, digamos. La visión le conmociona y le revuelve toda la epifanía. Al final del cuento, el adulto que narra aún sigue preguntándose por qué le abrumó tanto esa experiencia, qué herida abrió, qué alma le quitaron. ¿Inocencia o pureza? ¿Por qué al cabo de los años continúa recordando el suceso? ¿Por qué todavía le duele? Buena pregunta, que yo les sirvo a ustedes.  (Alejandro Gándara, El Mundo, 14 de mayo de 2009)

 

El autor

A fines de noviembre de 1912, cuando ya casi era invierno en el pequeño pueblo de Elyria, Ohio, la vida de Sherwood Anderson cambió abruptamente. Tenía 36 años y era el director y fundador del Anderson Manufacturing Company, una empresa que distribuía pintura para techos cuyo depósito se levantaba en los límites del pueblo, cerca de las vías del tren. Anderson estaba casado y tenía tres hijos. Había nacido en Ohio y desde chico trabajó, aunque siempre fue lector y muy observador, con una alma sensible. Su educación fue salteada, estuvo en el ejército unos años, fue publicista en Chicago. Todo parecía estar bastante bien, pero un miércoles 27 de noviembre, según cuenta la leyenda, Anderson salió de su oficina y se puso a caminar por las vías del tren. De alguna manera estaba dormido. Cuando se despertó unos días después, en la ciudad de Cleveland, a 50 kilómetros, se dio cuenta de que en realidad siempre había estado dormido. Decidió dejar atrás su vida materialista y dedicarse a la literatura, sin importarle las consecuencias. (Andrés Hax, Clarín, 11-04-2014)

Anderson dejó el colegio a los catorce años, tuvo varios oficios, fue soldado en la Guerra de Cuba y más tarde publicitario y periodista. Escribió una considerable cantidad de novelas y relatos y también dos volúmenes autobiográficos. Su epitafio reza: “La vida, no la muerte, es la gran aventura”. La relación entre experiencia y literatura es una cuestión vital en su obra vasta. Pero que le atribuyera un primer lugar a la experiencia no significa que la literatura fuera secundaria. Uno no es tanto lo que vive, parece sugerir Anderson, como lo que cuenta. Más importante aún, la manera en que lo interpreta y lo cuenta. (Guillermo Saccomanno, Página 12, 1 de Agosto de 2010)

 

Algunas opiniones

“Escribía no por una sed implacable de gloria por la cual cualquier artista destruiría a su madre vieja, sino por lo que para él era más importante y urgente: ni siquiera por la verdad, sino por la pureza, la exactitud de la pureza. El no poseía el poder y la ráfaga de Melville, que era su abuelo; ni el humor lujurioso de Twain, que era su padre; no tenía nada de la pesada indiferencia por las sutilezas que tenía su hermano mayor, Dreiser. Lo suyo fue una torpe exactitud, la palabra y frase exacta dentro del alcance de su vocabulario limitado, controlado y hasta reprimido por él mismo hasta un fetichismo de simplicidad, para penetrar la esencia final de un pensamiento.” (Wiliam Faulkner)

“Sherwood Anderson es el faro de una generación de narradores excepcionales (Carver, Gass, Coover, Brodkey o Tobias Wolff).” (Robert Saladrigas, La Vanguardia)

“…como un Twain más melancólico, Sherwood Anderson (Camden, Ohio, 1876 – Colón, Panamá, 1941), planta las bases de la short-story, funda un género y, a un tiempo, construye una manera de enfocar la realidad que, pasando por la teoría del iceberg de Hemingway, alcanzará a Carver, Ford y Wolf”. (Guillermo Saccomanno, Página 12, 1 de Agosto de 2010)

 

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