Teniente Bravo

Autor: Juan Marsé

«El ansiado potro de saltos que el teniente Bravo hizo traer una noche al campamento en una camioneta desvencijada, conducida por un musculoso ex legionario de andares felinos, albergaba un ratón en su barriga de paja. El potro era una antigualla, zanquilargo y pesado y con tantos costurones que bien podía haber vivido el desastre de Annual y hasta la guerra de Cuba.»

 

La obra

En enero de 1987 Seix Barral publicó Teniente Bravo, el primer libro de cuentos de Marsé que incluía dos ya publicados («Noches de Bocaccio» y «El fantasma del cine Roxy») y dos inéditos («Teniente Bravo» e «Historia de detectives»).

«Teniente Bravo» es la materialización de una historia que Marsé había explicado muchas veces a sus amigos y a otras gentes más o menos cercanas. En realidad, más que de una historia, se trata de un episodio mínimo que el recluta Faneca (el propio Marsé) presenció en Ceuta durante el servicio militar. Una anécdota protagonizada por un teniente realmente apellidado Bravo que, poseído por una obstinación ciega y por el imperativo de no verse desautorizado en las pupilas de sus soldados, durante una simple sesión de instrucción pretende saltar de forma ejemplar un potro gimnástico y, por más que lo intenta, no lo consigue. Marsé da con el tono del relato mediante el humor y la compasión. Su bravo teniente explora mucho más en el pozo interior de lo humano que en una ostentosa condición gremial (la castrense). (“Mientras llega la felicidad” Josep Maria Cuenca, 2014. Biografía de Juan Marsé.)

 

Algunas opiniones

— Pocas semanas después de la aparición de Teniente Bravo, Marsé recibió una carta fechada en Madrid el 11 de marzo. La había escrito Juan Carlos Onetti:

Querido Juanito Marsé:

Te ruego obtener una entrevista con tu padre y agradecerle el placer que nos ha proporcionado con las historias del teniente Bravo y compañía. Veo que se ha repuesto totalmente de los insidiosos ataques que organizó contra él Tabacalera S, A.

Sus cuentos, envidiablemente bien escritos, muestran la facilidad del autor para encarar y divertirse, así como divertirnos, mofándose de algunos temas sagrados. El primer cuento es tan simpático como enternecedor. «Teniente Bravo» es una burla, que comparte todo lector inteligente, de respetables poderes tácticos. Da risa y lástima. Dejamos para el final los demasiados cortos minutos que nos regaló tu padre con la historia de la obra maestra que descubrió el admirable instinto literario de C.C, que no sé cómo se le escapó a la nombrada super agente.

Lamentamos no conocer el ambiente literario barcelonés pero igualmente sospechamos claves de seudónimos y las pasamos muy felices.

Dale a tu padre un fuerte abrazo de quienes lo consideran, sin discusión, firmemente colocado en la cabeza de la literatura española.

Juan C. Onetti

 

— …el relato de Marsé Teniente Bravo… es uno de los mejores cuentos que he leído en mi vida. El relato sucede en 1955, en un campamento de la Legión en Ceuta, durante una sesión de gimnasia a la que han de someterse los pobres reclutas que hacen la mili allí. El instructor es el teniente Bravo, un militar meticuloso y petimetre, “un hombre pequeño y envarado, joven, bigote fino y hermoso mentón moreno, algo levantisco, hombros caídos y apariencia frágil, pero fibroso y pechugón”. Este teniente, cansado de pedir oficialmente útiles de gimnasia sin resultado alguno, ha comprado un potro de segunda mano, un trasto podrido y zanquilargo, y ahora, con petulante suficiencia, está explicando a los medrosos reclutas cómo se salta ese aparato. “Está bien, yo saltaré primero”, dice al fin, compadecido quizá de la aprensión de los chicos o más bien deseoso de lucirse: “Pero sólo una vez, así que fijaos bien porque no habrá repetición”.

El resto es previsible, pero no por ello menos demoledor. Es más: el hecho de saber lo que va a suceder es uno de los ingredientes que aportan densidad a la tragedia… Saltar el potro se convierte en una gesta colosal, en la ordalía que va a decidir el resto de su vida, en un drama ridículo pero espantoso, de manera que, al leer el cuento, no sabes si reír o estremecerte ante ese elocuente ejemplo de la insensatez esencial del ser humano y de lo grotesco de nuestras ambiciones… Un relato monumental. Gracias, Marsé. (“La libertad de ser uno mismo”, Rosa Montero, El País, 2 de abril de 2011).

 

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