Tierra de hombres

Antoine de Saint-Exupéry

«Estábamos en 1926. Yo acababa de ingresar como piloto en la Sociedad Latécoère, que estableció, antes que la Aéropostale (la actual Air France), el enlace Toulouse-Dakar. Allí aprendí el oficio. Al igual que mis compañeros, pasaba el noviciado obligado a los jóvenes antes de alcanzar el honor de llevar el correo. Prueba de aviones, desplazamientos entre Toulouse y Perpignan, aburridas lecciones de meteorología en el fondo de un hangar helado. Vivíamos en el temor a las montañas españolas, que aún no conocíamos, y en el respeto a los veteranos.»

 

La obra

El 30 de diciembre de 1935, el avión pilotado por Antoine de Saint-Exupéry y su amigo André Prévot, que había despegado de Nueva York rumbo a Tierra de Fuego con exceso de combustible, se estrella en el desierto del Sáhara. Tras cinco días de coma y mientras convalece del terrible accidente, Saint-Exupéry escribe «Tierra de hombres» con la perspectiva de quien contempla el mundo desde la soledad de una cabina de avión.

Escribe con la nostalgia de una infancia feliz y perdida, escribe para evocar el duro aprendizaje del oficio de aviador, homenajear a los compañeros Mermoz y Guillaumet, mostrar la Tierra a vista de pájaro, revivir el accidente sufrido junto a Prévot o revelar los secretos del desierto. Pero lo que de verdad aspira a decirnos es que vivir es aventurarse a buscar el misterio oculto tras la superficie de las cosas; la posibilidad de encontrar la verdad dentro de uno mismo y la urgencia de aprender a amar, único modo de sobrevivir a este universo deshumanizado. «Tierra de hombres» se publicó en febrero de 1939 y en otoño de ese mismo año fue galardonado con el Gran Premio de la Academia Francesa y con el National Book Award en Estados Unidos.

 

Algunas opiniones

Tierra de hombres es el relato autobiográfico de un aventurero humanista que, al tiempo que nos hace llegar sus reflexiones, nos cuenta sus aventuras de aviador en el Sahara y el desierto de Libia –en donde capotó al intentar batir el record de velocidad en el trayecto París/Saigón–, en la América austral cuando contribuía a la apertura de nuevas líneas aéreas que comunicasen Argentina con Chile, o en el frente de Madrid, pues Saint-Exupéry fue reportero en la guerra civil española. El protagonismo que en todo ello tiene el avión es notable: a él están dedicados los capítulos tercero y cuarto. Sin embargo, pese a esa pasión desbordada hacia la máquina que asimismo deslumbró a los futuristas, Saint-Exupéry no se cansa en repetir una y otra vez que se trata de un instrumento para profundizar desde una nueva perspectiva en el gran tema que nunca se agota: la condición del hombre, que por aquel entonces también preocupaba a Malraux. 

Saint-Exupéry percibía ya en los años 30 un cambio trascendental en la evolución de la Humanidad propiciado por el maquinismo y la tecnología. Todos los esfuerzos en este orden de cosas se le figuran orientados al logro de la simplicidad. Los ingenieros aeronáuticos no hacen sino borrar, pulir y aligerar los diseños más primitivos, y eso le parece al escritor coincidente con su propia labor, pero también la mejor actitud para aprehender la condición humana en su esencia más pura. Su humanismo es, así, esencial y relativista: las ideologías, por caso, no son sino pantallas que nos pueden confundir, mientras que la verdad “es lo que hace que el mundo sea sencillo y no lo que crea el caos”. Saint-Exupéry reivindica, además, un espiritualismo de nuevo cuño que neutralice la materialidad de las cosas y la tecnificación de los procesos. (DARÍO VILLANUEVA)

“La historia del príncipe (El principito) que se aburre en su planeta y decide recorrer el Universo para sacudirse su aristocrático tedio se le ocurrió a Saint-Exupéry cuando su avión chocó con la cumbre de una meseta en el desierto de Libia. No era el primer percance de su ya atribulada vida de piloto, pero sí uno de los que más materia literaria iba a brindarle, pues nutriría su mejor obra, depararía un relato y una emisión de radio, y tal vez dotó al piloto accidentado de los rasgos del pequeño príncipe que iba a arrobar a tantos muchachos en los cinco continentes. Pero la gran obra de Saint-Exupéry es Tierra de hombres. En ella no sólo recoge lo más espectacular de sus vivencias como piloto, sino también lo mejor de su estilo, poético y lúcido.” (JUAN BONILLA)

 

Tierra de hombres. Comienzo:

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