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Una garza blanca

Autor: Sarah Orne Jewett

«Los bosques ya estaban invadidos por las sombras un atardecer de junio justo antes de las ocho en punto, aunque una radiante puesta de sol lucía aún vagamente por entre los troncos de los árboles. Una niña conducía a su vaca a casa, una criatura lenta, pesada e irritante en su comportamiento, pero, a pesar de todo, una valiosa compañera. Se apartaban de la luz que quedaba y se iban adentrando en la profundidad oscura del bosque…»

 

La obra

Una garza blanca (A White Heron), fue escrita en 1886 por Sarah Orne Jewett (1849-1909), uno de esos talentos femeninos que permanecen ocultos entre la maraña de notorios nombres literarios masculinos, a veces absurdamente encumbrados.

Lo que en principio iba a ser tan solo un ejercicio de traducción, se convirtió en fascinante lección de buena literatura. Soy lectora impaciente que desconfía de las descripciones prolijas. Empiezo a sospechar del autor si demora la acción con dilatadas fotografías verbales que no aportan nada. Tampoco lo rural es mi fuerte. Cuando leí el primer párrafo del relato, me pareció lograda la manera en que se presentaba un atardecer en el bosque. Apareció la niñita Sylvia conduciendo a su voluntariosa vaca y poco a poco fui cayendo en la red que me tendía la Jewett. Describía hermosamente y en el ambiente bucólico de aparente paz eterna, introdujo un suspense que no se desvelaría  hasta la frase final.

La historia está hecha para el lector ingenuo y para el crítico feroz. Ejemplo de síntesis para el que quiere escribir lo relevante. Los adjetivos precisos, los personajes que se describen a sí mismos en pocos y suficientes diálogos, a veces presentados con bonitos recursos de estilo indirecto. Canto a la naturaleza, a la bondad, a la integridad. Prosa que fascina. Sarah Orne Jewett sintetiza la herencia de la narrativa corta norteamericana. En ella se descubre la huella del mejor Hawthorne, y reaparecen también ecos de Henry James y de otra grande del relato corto, la sureña Kate Chopin. Pero su personalidad como escritora va más allá del costumbrismo que refleja la Nueva Inglaterra rural de fines del XIX. El feminismo militante, su condición de mujer culta, independiente, se manifiestan en las cualidades de sus personajes.

Una garza blanca habla sobre todo de decisiones existenciales, de responsabilidad moral y de respeto a un yo que se reafirma desde la adolescencia. Es más que un hermoso canto a la naturaleza y al enfrentamiento entre dos mundos. En el panorama literario actual, el imperativo comercial se vale de fórmulas perversas. Voy a valerme de una. Para añadir morbo a la figura de la autora y quizás lograr aumentar el interés que una simple garza no despierte, añadiré que Sarah Orne Jewett fue una de las primeras escritoras que estableció un llamado “matrimonio bostoniano” con la viuda de su famoso editor, la también escritora Annie Fields. Willa Cather, icono de la literatura lésbica, consideraba a Jewett su mentora literaria.

Alina Sánchez:. diariodecuba.com/cultura/ 1 enero 2012.

 

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