Las confesiones de un pequeño filósofo

Autor: Azorín

«Quiero escribir algunas líneas para esta nueva edición de mi libro. Lo mejor será que yo cuente dónde lo he escrito. Lo he escrito en una casa del campo alicantino castizo. El verdadero Alicante, el castizo, no es el de la parte que linda con Murcia, ni el que está cabe los aledaños de Valencia; es la parte alta, la montañosa, la que abarca los términos y jurisdicciones de Villena, Biar, Petrel, Monóvar, Pinoso. En uno de estos términos está la casa en que yo escribí este libro.»

 

La obra

En el verano de 1903, a los diez años de carrera literaria, José Martínez Ruiz aprovecha una estancia en la tierra natal para componer este libro. Tras un período de ausencia, que fue tiempo de lucha nada fácil, ahora, cuando el propio e intransferible camino vocacional comienza a ser andado con paso firme y seguro, el escritor gusta de inclinarse sobre su pasado para, amorosamente, revivirlo. El contacto de nuevo con gentes y cosas que le dejaron huella en su infancia le invita, le fuerza casi, a la rememoración. Día a día, en una casa sita en el Collado de Salinas, al pie de un monte «poblado de pinos olorosos y de hierbajos ratizos», fueron saliendo estos breves cuadros, estas deliciosas páginas evocadoras.

Monóvar y Yecla —más este último— son los lugares donde sucede la acción de Las confesiones… : el colegio de los padres escolapios y las casas familiares del protagonista —la paterna, la de algunos tíos— fueron antaño sus moradas. En sobrios y significativos trazos conocemos a las personas con las que más hubo de tratar; las hay gratas y menos gratas, pero nunca el autor tiene un instante siquiera de ensañamiento; tampoco los sucesos nefastos o los parajes que pudieron resultarle hostiles promueven su irritación. Es tan delicado el recuerdo porque quien evoca está deliciosamente sumido en el pretérito, poseído por una melancólica impregnación de tristeza: la que produce el paso irreparable del tiempo.

En todo momento la expresión resulta eficaz, como plegándose cariñosamente a un contenido entrañable: efectos de ternura, de suave tristeza, de leve misterio, se dicen sobria y bellamente, con arte magistral; otro tanto sucede con la emoción honda pero nunca estridente, como soterrada y, no obstante, bien perceptible, que produce el irreparable paso del tiempo, tema clave desde ahora en la obra azoriniana. (JOSÉ MARÍA MARTÍNEZ CACHERO)

 

Algunas opiniones

«Sospechaba que sí, pero después de leer a Azorín no hay duda, las cosas, hasta la más diminutas, tienen alma. El pequeño filósofo del título de este libro es Azorín de niño, cuando estudiaba bachillerato en el Colegio de los Escolapios de Yecla (Murcia), allí estuvo interno toda su infancia, desde los siete hasta los quince años. No le gustaba el colegio, no le gustaba Yecla, que era el pueblo de su padre, ni los frailes escolapios que le daban clase, a excepción de su admirado padre Lasalde.

Escribió aquellos ¿recuerdos? cuando ya tenía 31 años, en 1904 y era periodista en Madrid.

Este es un libro diferente, poético, delicado, íntimo, pleno de sensiblidad.  Asombra su capacidad de contemplación, la delicada ironía, y la  recuperación intacta, sea recuerdo o no, de la temperatura de su yo infantil.

Era un niño ensimismado, lector apasionado y sensible que se siente arrollado muchas veces por el mundo real del colegio.

Lo recuerda todo de aquellos días en el Colegio de los Escolapios: las luces del cielo, las más pequeñas peculiaridades de los frailes y, desde luego, lo mal que lo pasaba en otras ocasiones.

Todo contado con una ingenuidad y una eficacia poética que convierten a este libro en una joya exquisita dentro de la obra de Azorín». (María José Rodulfo, ‘No sólo técnica’, Blog de animación a la lectura de la Universidad Politécnica de Madrid) (12 de septiembre de 2013)

 

«Solo allí, (en Monovar y Yecla) contemplando la luz de esos territorios del interior de Alicante y Murcia y escuchando hablar a la gente que vive en ellos, es posible entender la luminosidad de su estilo, la precisión de un lenguaje y de unas observaciones que de tan esenciales se vuelven etéreas. Como su autor.» (Julio Llamazares, El País, 7 oct. 2017)

 

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